LA PAZ, ALGO MUY SUSTANCIOSO

Pocas cosas he leído u oído tan enjundiosas como las palabras del Papa Juan Pablo II dirigidas al país, el primero de febrero de 1992, en orden a conseguir una verdadera paz. Leídas por el señor nuncio en el Monumento al Salvador del Mundo, en una impresionante brevedad, contienen al menos nueve recomendaciones que el Papa señala como esenciales para vivir la paz. Se primer petición es que los acuerdos de paz sean “escrupulosamente observados”. El término empleado por el Papa, “escrupulosamente”, da la medida de la importancia máxima que concede a la observación de los acuerdos. De ahí depende que la paz se establezca. Hablar de traición a la patria por los acuerdos firmados, sólo puede venir de quienes tienen un concepto de patria muy individual y grupal. La patria es de todos y los acuerdos se dirigen a formar la patria para todos. Si se cumplen los acuerdos, viene a decir el Papa, podrá esperarse una paz duradera y estable. Eso será la base. Cuatro cosas van a desprenderse de lo anterior, según el Papa. La primera, “la consolidación del Estado de derecho”. Anhela un país basado en el Estado de derecho, no en la fuerza, ni el abuso, ni el desorden. La segunda consecuencia será “el fortalecimiento de las instituciones democráticas”. Las nuestras han sido hasta ahora muy endebles y raquíticas, casi un remedo de democracia y el Papa aspira a que sean más firmes y fuertes. Otro deseo del Papa y, consecuencia siempre, lo ve en el “respeto irrestricto de los derechos humanos”. La Iglesia abogó siempre por ese respeto. Monseñor Romero fue asesinado por defender la virtud de la justicia y el don de la vida. Monseñor Rivera y su obispo auxiliar fueron constantemente acusados por la misma razón. Los acuerdos de paz contienen lo que ellos siempre pidieron: que el hombre salvadoreño fuera respetado. Y otra consecuencia importante ve el Papa en “la reconciliación entre todos”, poniendo como medio el “diálogo fraterno”. El gran trabajo, esfuerzo de la Iglesia será la reconciliación basada en el Evangelio, que “infunda en el corazón de todos perdón mutuo”. A los gobernantes pide tres cosas: servir a la gran causa del bien común, estar abiertos a las aspiraciones de justicia y a los anhelos del pueblo que quiere la paz. Finalmente pide a los pastores ser signos e instrumentos de reconciliación a través de la acción evangelizadora. Las palabras del Papa son un resumen del Evangelio, del magisterio y de las necesidades imprescindibles del país. Deben ser también, entre nosotros, un catecismo de la paz.-

Mons. Ricardo Urioste

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