SE NECESITA UN ENEMIGO

Cuando San Francisco de Asís se vuelve un abanderado de la paz, ha tenido que hacer en sí mismo varios cambios. Dejada su última batalla y las armas que los han acompañado, no termina ahí su cambio. El cambio de guerrero a pacífico, le dará nuevos ojos. Ya no verá enemigos. Estos no existen más para él. Para estar en paz no se requiere tan sólo no usar las armas para matar. Hace falta no ver como enemigos a los otros, ni siquiera a los que no piensan como nosotros. Ninguna nota musical es parecida a la otra. Todas tienen diferentes sonidos, todas las del pentagrama, las fusas, las semifusas, pero todas ellas se juntan para formar una sinfonía. Nada tan diferente como cada una de las letras del abecedario, y, sin embargo, con ellas se han formado las más grandes obras literarias del mundo y se seguirán formando. Querer recalcar una sola nota o una única letra, sería buscar el absurdo. Simplemente, todas son necesarias. No se puede eliminar ni una sola de ellas. Querer seguir viendo enemigos en el país, es continuar la guerra y sería inconcebible querer subsistir creando enemigos. Hay algún órgano de difusión que parece no poder vivir si no lo hace en base a crear enemigos y a “creer” en ellos. Sus noticias y comentarios son casi siempre pistoletazos contra el “enemigo” al que quiere destruir y para lo cual trabaja. Ha suscitado muchas mentes locas que andan por ahí. La visión cristiana de la paz no emplea “la dialéctica amigo, enemigo”. La paz cristiana no ve enemigos. La paz no cristiana sigue viendo enemigos. Se acabó la guerra, pero no los enemigos. Siempre piensa que hay gente, ideas, grupos a destruir. Esa paz no es la paz cristiana. Ni es siquiera paz. Tampoco es un cese al fuego. Los “enemigos” la hacen siempre disparar. Como que pierde su razón de ser si no dispara. La paz cristiana no ve enemigos y no tiene enemigos. Su anhelo es la reconciliación total. La paz no cristiana necesita siempre un enemigo. Se cree la única letra del alfabeto y la única nota musical, o que las otras no hacen falta.-  

Mons. Ricardo Urioste

 

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