Y LO ENVOLVIÓ EN PAÑALES

Lucas y los demás escritores que nos dejaron los evangelios, relatan los hechos más extraordinarios con una impasibilidad pasmosa. Ni nos transmitieron una exclamación de alegría al relatar el nacimiento de Jesús, ni una nota propia de su dolor al describir la muerte de Jesús. Parecería que no quisieron mezclar con sus comentarios la grandiosidad de lo que nos describen: la verdad histórica, a secas, sobre Jesús. Eso nos dejaron. María había sido previsora. Llevó sus pañales para el niño. Un pesebre le bastó para acostar al recién nacido. La pobreza y el recato fueron el motivo histórico de que Jesús naciera en un establo, rodeado, sin duda, de animales. Muchos niños más siguen naciendo en condiciones semejantes en nuestros países del tercer mundo. Tampoco nuestra gente humilde tiene frases literarias ni exclamaciones elocuentes para sus más grandes desgracias. No van más allá de decir: “No tengo para darle de comer a mi familia”. “No hay para la leche del niño”. “No hemos comido”. “Me matarán a mi hijo”. Pero con esas frases ellos están produciendo otro evangelio. Su vida también es nacer, vivir y morir en un mesón o en un rancho, envueltos en pañales sucios y acostados en una hamaca. La primera Navidad del mundo tuvo como señal para los pastores: “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2,12). La pobreza y la indigencia revelan a Cristo. Esa es la señal de su presencia. La corte de Herodes no es la señal. Tampoco lo es la mansión de Pilatos. Es una verdad bíblica que Jesús se manifiesta en la pobreza y en los pobres, que en ellos se descubre más claramente al Señor. Y sin embargo, hablar de los pobres es un tema que crea conflicto, a pesar de que la Iglesia en sus documentos habla tan claramente de ellos. Pero hemos creado una separación entre la doctrina y la vida.   San Lucas empieza su evangelio relatando la pobreza de José y María y del nacimiento de Jesús; y San Mateo casi lo termina en su capítulo 25, hablándonos de ellos en relación al juicio final. Algo tienen la pobreza y los pobres, como dinamismo cristiano que debemos descubrir y hacer nuestro.

Mons. Ricardo Urioste

     

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